Glosario
RAÍCES DIGITALES
En la era digital, los algoritmos son esas fuerzas invisibles que organizan cada clic y búsqueda; su origen se remonta al matemático persa Al-Juarismi (c. 780–850), quien en la Casa de la Sabiduría de Bagdad sistematizó los pasos para resolver ecuaciones en su obra Kitab al-jabr wa-l-muqabala y cuya latinización, “Algorithmi”, dio nombre a lo que hoy entendemos por “algoritmo”. Y aquí va un guiño nostálgico para muchos chilenos: la imagen barbuda y de turbante que adorna la portada del clásico Álgebra de Baldor no es el autor, sino Al-Juarismi, conocido cariñosamente en nuestro país como “Baldor” gracias a ese popular manual de secundaria. De esos simples cálculos medievales hemos llegado a complejos sistemas de aprendizaje automático que ahora modelan la información que nos llega cada día.
Imaginemos que, al nacer, el algoritmo es como un recién llegado que sólo sabe seguir instrucciones precisas y rígidas. En sus primeras etapas, funcionaba mediante reglas fijas —los llamados “sistemas basados en reglas”— que imitaban el razonamiento de expertos en campos como la medicina o el derecho, aplicando sentencias “si-entonces” para resolver problemas concretos. Estas máquinas rudimentarias no aprendían de la experiencia: cada paso estaba predefinido y cualquier variación inesperada podía dejarlas sin respuesta.
Al crecer, nuestro personaje comenzó a descubrir el poder del aprendizaje. A mediados de la década de 2000, las plataformas web impulsaron el desarrollo de sistemas que ajustaban sus recomendaciones según lo que los usuarios consumían. Un ejemplo emblemático fue el Netflix Prize de 2006, un concurso que ofrecía un millón de dólares a quien mejorara en un 10 % el algoritmo de predicción de gustos de Cinematch. Ese desafío marcó la transición de los algoritmos estáticos a modelos de aprendizaje automático, capaces de analizar enormes volúmenes de datos y refinar sus sugerencias con cada nueva interacción.
Ya en la adultez, los algoritmos se comportan como entidades que evolucionan en tiempo real. Cada clic, “me gusta” o búsqueda alimenta una red neuronal que reajusta sus parámetros para mostrarnos contenido cada vez más alineado con nuestros intereses. Recientemente, investigadores de Google han propuesto lo que llaman “la Era de la Experiencia”, donde los sistemas generan y aprenden de sus propios datos en entornos reales, superando la dependencia de conjuntos de datos humanos limitados. Hoy, gracias al uso masivo de aprendizaje profundo y arquitecturas como las de dos torres (Two-Tower Networks), estos algoritmos pueden predecir con sorprendente precisión qué artículo leerás, qué serie verás o qué producto comprarás, transformando por completo la manera en que navegamos y consumimos información en Internet.
En el mundo actual, donde los clics parecen tener más peso que los hechos, es urgente entender los mecanismos invisibles que organizan nuestra experiencia digital. Los algoritmos son, en palabras simples, una serie de instrucciones que le dicen a una máquina cómo debe actuar frente a cierta información. Si antes un editor elegía qué noticia iba en portada, hoy es un algoritmo quien decide qué video aparece primero en tu TikTok, qué publicaciones te sugiere Instagram o qué resultado encabeza tu búsqueda en Google.
Pero no todos los algoritmos funcionan igual. Los algoritmos de recomendación y personalización, por ejemplo, observan nuestro comportamiento —a qué le damos “me gusta”, qué cosas compartimos o cuánto tiempo nos detenemos a mirar algo— para ofrecernos contenido que nos mantenga enganchados. Esto no es casualidad: entre más interactúas, más datos generas, y más información pueden vender las plataformas a anunciantes. Por otro lado, los algoritmos de búsqueda funcionan como una gran biblioteca digital: indexan millones de sitios web y, cuando escribes una pregunta, tratan de darte lo que consideran más relevante. Sin embargo, lo “relevante” no siempre significa lo más veraz o equilibrado; también puede ser lo más popular o lo que ha sido optimizado para aparecer primero.
Esta lógica alimenta un fenómeno peligroso: las burbujas informativas. Al estar expuestos repetidamente a contenido similar al que ya nos gusta, dejamos de ver opiniones distintas y nos encerramos en una cámara de eco donde nuestras creencias no se cuestionan, sino que se refuerzan. A eso se le llama sesgo de confirmación: una tendencia natural del cerebro humano a buscar, interpretar y recordar información que respalde lo que ya pensamos. En redes sociales, este sesgo se potencia, ya que los algoritmos lo usan como una ventaja para retenernos.
La interacción es clave en este ciclo. Cada clic, reacción o visualización le habla al algoritmo, diciéndole qué tipo de usuario eres. Y aunque parezca que tú eliges, en realidad alimentas un sistema que decide por ti qué verás mañana. El problema se agudiza cuando esa dinámica se cruza con la desinformación: contenidos falsos o engañosos que se propagan más rápido que los hechos comprobables, en parte porque son más impactantes, emotivos o escandalosos. Varios estudios recientes han demostrado que las noticias falsas en redes sociales se comparten más y alcanzan mayor viralidad que las verdaderas.
Entonces, ¿qué pasa cuando todo está conectado? Imagina que tus redes sociales están enlazadas con tu cuenta de Google. Esto permite que las empresas crucen datos: tus búsquedas en Chrome, tus ubicaciones en Maps, tus correos en Gmail, tus videos en YouTube y tus “likes” en Instagram o TikTok se combinan para formar un perfil detallado de ti. Así, la personalización se convierte en una microsegmentación de contenido que puede predecir, con gran precisión, tus gustos, opiniones y vulnerabilidades. Y cuando este sistema te muestra constantemente lo que quieres oír, deja de mostrarte lo que necesitas saber.
Comprender estos conceptos no es solo una cuestión técnica. Es una tarea urgente de alfabetización digital. Porque si no entendemos cómo se construye la realidad que consumimos en línea, terminamos aceptándola como única, sin saber que detrás hay códigos, intereses y estructuras invisibles que organizan nuestra mirada del mundo.
Personalización
La personalización digital es, sin duda, una herramienta poderosa pero de doble filo. En este contexto, es clave entender varios conceptos fundamentales que forman parte del entramado de nuestro entorno informativo. Lamentablemente, esta personalización también puede ayudar a la propagación de la desinformación. Cuando los algoritmos priorizan el contenido que provoca reacciones fuertes—como el miedo o la indignación—, se puede dar mayor difusión a noticias falsas o manipuladas. Esto contribuye a que se formen grupos aislados, donde cada vez se escuchan menos puntos de vista distintos, y la verdad se vuelve más difícil de distinguir.
Cuando tus redes sociales están enlazadas a tu cuenta de Google, se genera un ecosistema digital interconectado que permite la recopilación y el análisis de una gran cantidad de datos sobre tus intereses y comportamientos. Esta conexión hace que tanto las búsquedas que realizas como las publicaciones y actividades que compartes en redes sociales se integren en un único perfil digital. Así, los algoritmos cuentan con más información para personalizar tu experiencia en línea, ofreciéndote contenido y anuncios muy ajustados a tus preferencias. Aunque esto puede hacer que la navegación sea más cómoda y relevante, también implica que tus datos se concentren en una sola plataforma, lo cual intensifica el riesgo de quedar atrapado en burbujas informativas y facilita la exposición a contenidos que refuerzan tus creencias preexistentes, sin que quizás te des cuenta de la magnitud del seguimiento que se realiza sobre tus hábitos.